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Juan Stopiello: el director de orquesta detrás de las obras

Publicado 30.12.2021

Por más de 38 años el jefe de Servicios Generales de Techint Ingeniería y Construcción se convirtió en docente para las nuevas generaciones y en un armador de equipos. En esta nota conoce cómo transformó su vida y a las comunidades en las que interactuó.

La temperatura en la obra estaba cerca de los 40° y el concesionario había mandado guiso para almorzar.

Como buen jefe de Servicios Generales de Techint E&C, Juan Stopiello trabaja igual que un director de orquesta: coordina los equipos para lograr montar todo lo necesario en los lugares más inhóspitos, trasladar a la gente y resolver problemas. Eso incluye desde la logística más pesada hasta los pequeños detalles.

Frente a un guiso en temperaturas tropicales, Juan hizo lo que sabe hacer: resolverlo.

– Hace mucho calor para comer guiso – dijo.

– Pero esto – respondió el proveedor– es lo que come la gente aquí.

Al día siguiente llegó una comida más fresca. Fue un escándalo: tanto en Perú como en Colombia y Ecuador la dieta básica es el pollo, el arroz y menestras, una especie de guiso de granos tiernos o duros.


“Literalmente, los trabajadores de la obra me querían matar”, recuerda Juan. Para él fue un gran aprendizaje. Algo que parece tan sencillo un ingrediente del almuerzo en una obra puede ser clave a la hora de tener éxito en la gestión de un proyecto. “Las obras” –dice Juan– “se hacen con la cultura propia del proyecto y de la gente”.

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Oriundo de la ciudad de San Andrés de Giles, en la provincia de Buenos Aires, Argentina, Juan llegó a Techint por casualidad o destino. Paseaba por el sur del país y vió un cartel: Se necesita personal para la planta de agua pesada operación 1 PC 286 XT IBM y programación básica.

Entró a trabajar el 18 de abril de 1983. Arrancó en los almacenes de Techint, en la parte de Administración y de ahí a Compras y luego a Servicios. De esta manera, incorporó el ABC de los movimientos, de las mudanzas, de cada fase, de los transportes.

En todos estos años, pasó por líneas de alta tensión, gasoductos, mineroductos y obras industriales donde aprendió de grandes personas que lo ayudaron a “tranquilizar” su carácter. “Era cuestión de apoyarse en otras personas y sacar un pedacito de uno, otro de otro y ahí te vas formando. Te vas haciendo”, dice.

Eso que recibió de otros, Juan lo devolvió con creces: cualquier persona que lo conoce destaca que formó a mucha gente y armó muy buenos grupos de trabajo.

“Si no preparás a la gente joven, se pierde el hilo de lo que es una habilidad, una profesión. Se pierde el hilo del cómo se hace, del qué pasaría si… Esas cosas que en la obra las usás todo el día y son muy importantes”, resume.

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En la Cordillera de los Andes tuvo que resolver cómo subir camiones con 22 toneladas de materiales y colectivos con gente por caminos de montaña llenos de precipicios y curvas.

“Teníamos que doblar en las curvas de los precipicios con los camiones y pasar para el otro lado de la montaña, donde después venía un valle y la mina Veladero”, recuerda.

Juan ya había estado en lugares como el Estrecho de Magallanes, las represas Punta Negra o Los Caracoles en San Juan, además de una decena de los proyectos más emblemáticos de la compañía.

Pero a pesar de todo el recorrido, esos camiones al borde del abismo eran un desafío distinto.

“Había que hacer prueba y error para ver cómo subir. Cuando logramos eso que para mí fue lo más difícil que me tocó en la compañía, listo. Pasamos y arriba”, sigue.

Una vez sorteada la subida, el mayor temor era cómo sobrevivir a esa altura. El peligro era congelarse por el frío, una posibilidad que se volvió muy real con las tormentas de nieve que cerraron los caminos. Durante una semana, el campamento de 800 personas estuvo aislado: nada podía subir ni bajar.

Hacía tanto frío que el gasoil de los grupos electrógenos se congeló. Pero Juan ya estaba preparado: había improvisado salamandras a leña, con la que pudo garantizar el resguardo a la gente y calefaccionar el campamento.

Al desbloquearse el camino lideró una caravana de aproximadamente 800 personas junto con Carlos Welschen.

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Juan tiene una hija de 30 años que es traductora de inglés y un hijo de 31 años que es biólogo. Hasta que los chicos terminaron la escuela primaria los llevaba con él y compartían los cambios de destino. Cuando arrancaron la secundaria, los dejó en San Andrés de Giles para evitar cambiarlos de colegio constantemente. 

“Fue un golpe duro y me tuve que acostumbrar. Lo que hacía era por ellos y seguí por ellos. En ese momento hasta dudé de quedarme en la compañía y después seguí”, cuenta con emoción.

En dos años cumple 40 años en Techint y su carrera terminaría, aunque dice que es todavía un pibe para jubilarse. A pesar de haber pensado siempre qué hará el día después, no llegó a ninguna conclusión todavía.

Por el momento, cada vez que concluye una obra se va en paz, con el placer de sentir que la tarea fue cumplida y que va por un reto más. Ahora está colaborando presencialmente en Pendare en Colombia, y de manera remota en Ecuador, donde llegó años atrás para llevar adelante dos proyectos grandes: la construcción de OCP, en el 2003 y ahora en Auca. Su rol fue preparar gente para el área de Logística y Servicios donde había una necesidad importante.

Con su tacto y profesionalismo logró formar un equipo diverso con personas de diferentes nacionalidades, creencias y condiciones, incluyendo gran parte de mano de obra local, transmitiendo su experiencia, historias de vida y pericia en resolución de situaciones.

Y agrega: “Cuando armás un grupo de trabajo homogéneo, la gente pierde el miedo y toma confianza. Muchas veces, por miedo a preguntar, se equivocan. Si armás un grupo de trabajo teniendo tu supervisión, tus capataces, los oficiales, bajando a las bases, el trabajo es seguro”.

Los que trabajan en la obra –dice– a la larga también son tu familia.

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En una de los primeros proyectos que hizo –el Gasoducto Cordillerano que unía Junín de los Andes, San Martín y Bariloche con Cutral Có, en Argentina– Pedro Duranti, un referente en montaje, todo un líder y un amigo incondicional, le planteó que no sabía qué hacer para que los trabajadores no tuvieran roces.

Juan le propuso hacer algo muy argentino: un asado. Pusieron un tablón, la carne cortada y pan. Los trabajadores se sentaron, compartieron el momento, socializaron y se integraron.

“Hay que tratar de romper esa barrera y unir al grupo de trabajo”, dice.

El éxito se tornó hábito. En todas las obras que puede, lo primero que hace al llegar es la parrilla.

Lo que nunca volvió a hacer, es intentar cambiar los hábitos alimenticios. En Ecuador se acostumbró a los guisos, incluso en los días de calor extremo. “No había comido arroz en toda mi vida. Hubo unos meses que comía nada más que pollo, hasta que me fui acostumbrando”, menciona. 

Incluso en eso –dice Juan– Techint le cambió la vida.

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