Más noticias

Desalinización y colaboración: El agua como motor de la industria minera

Publicado 25.3.2026

El crecimiento de la demanda de minerales críticos, impulsado por la electrificación, la digitalización y la expansión de los data centers, vuelve central el debate sobre el agua. En CERAWeek 2026, Oscar Scarpari analizó cómo se puede transformar una restricción estructural en una solución de largo plazo basada en la colaboración y la integración.

Detrás de la transición energética y digital que atraviesa al mundo, no hay solo nuevas tecnologías o fuentes de energía, sino también hay una demanda creciente de minerales críticos, en particular el cobre, cuya producción plantea desafíos cada vez más complejos en términos de recursos naturales, en especial el agua.

Esa fue una de las ideas que atravesaron las dos participaciones de Oscar Scarpari, CEO de Techint E&C, en CERAWeek 2026, donde intervino tanto en el espacio Agora, con una presentación sobre proyectos de desalinización, como en el Carbon & Climate Hub, en una sesión dedicada al rol del agua en el contexto internacional actual.

Agua para nuevos proyectos

El crecimiento de la electrificación, los data centers y la inteligencia artificial aparece como un fenómeno sistémico, con impactos que se extienden a lo largo de toda la cadena productiva y energética. Pero no se trata solo de la localización de una nueva infraestructura, sino del conjunto de actividades que hacen posible su funcionamiento y su abastecimiento.

“A veces nos enfocamos solo en un lugar, como el data center en sí, pero también está la planta de energía, la fuente de energía, las materias primas o la fábrica de semiconductores. Toda la cadena tiene que estar en la conversación, no solo una parte”, señaló Scarpari.

Las proyecciones indican que la demanda de cobre podría crecer cerca de un 70% hacia 2050, impulsada tanto por el desarrollo económico tradicional como por la transición energética y la digitalización. “América Latina ocupa un rol estratégico en ese escenario: concentra alrededor del 40% de la producción mundial y será una de las principales regiones proveedoras en las próximas décadas, con Chile y Perú a la cabeza, y con un potencial creciente en otros países de la región”, remarcó.

Ese protagonismo, sin embargo, convive con una restricción estructural que afecta a una buena parte de la minería global. En América Latina, muchos de los yacimientos actuales y futuros se ubican en zonas de alto estrés hídrico, donde el agua es un recurso escaso y compite con otros usos esenciales, como el consumo humano y la agricultura.

“Producir cobre es extremadamente demandante en términos de agua, y hoy muchas minas se ubican en zonas donde el agua está bajo estrés o en competencia con otros usos”, advirtió Scarpari.

Una tecnología probada y disponible

Frente a ese desafío, la desalinización aparece como una respuesta estructural y de largo plazo. Desde la perspectiva de la ingeniería, se trata de una tecnología madura, probada y disponible, capaz de acompañar el desarrollo de nuevos proyectos sin presionar las fuentes de agua continentales. “La desalinización es una tecnología plenamente disponible y se utiliza desde hace décadas en distintas partes del mundo”, explicó.

El caso de Chile ilustra con claridad ese proceso. A partir de un marco regulatorio y de políticas públicas sostenidas en el tiempo, el país avanzó en el reemplazo progresivo del uso de agua continental por agua de mar en la minería, lo que habilitó el desarrollo de nuevas operaciones en entornos de extrema escasez hídrica, como el desierto de Atacama.

Durante su presentación en el Agora, Scarpari detalló proyectos de infraestructura que integran plantas de desalinización, sistemas de bombeo y extensos ductos para transportar grandes volúmenes de agua desde la costa hasta operaciones mineras ubicadas a más de 3.000 metros sobre el nivel del mar y a distancias que pueden superar los 160 kilómetros.

“Estamos hablando de infraestructuras que consumen casi 2.000 litros por segundo y transportan el agua a más de 3.000 metros de altura y a distancias de más de 160 kilómetros”, describió.

En los últimos años, este tipo de soluciones ha evolucionado desde esquemas pensados para una sola industria, hasta modelos de integración territorial más amplios. En ese sentido, Scarpari destacó la importancia de considerar a todos los actores involucrados y de contar con reglas claras que acompañen los proyectos desde su concepción.

“No importa si el proyecto está en el norte de Chile o en Estados Unidos: la clave es la colaboración y considerar a todos los stakeholders. Detrás de los buenos proyectos hay regulación y políticas compartidas”, sostuvo.

Ese enfoque se refleja en experiencias como la de Antofagasta, donde el abastecimiento urbano se realiza íntegramente con agua desalinizada y se avanza en esquemas de reutilización de aguas residuales tratadas para su uso en la minería. Se trata de modelos que permiten cerrar el ciclo del agua y reducir aún más la presión sobre los recursos naturales.

“Hace diez o quince años las soluciones eran aisladas, pensadas para una sola industria. Hoy vemos una integración completa entre varios actores para lograr la accesibilidad y la sostenibilidad”, explicó.

Asegurar el acceso al agua implica también trabajar en la eficiencia de los costos y en la escalabilidad de las soluciones, para evitar nuevas formas de competencia y ampliar el acceso a un recurso esencial: “El desafío ahora es hacer que la tecnología sea cada vez más eficiente en términos de costos, para evitar la competencia y ampliar el acceso al agua a toda la población, no solo a quienes pueden pagarla”, concluyó.

Noticias relacionadas

Ver más noticias